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jueves, 17 de mayo de 2018

El abrigo

Relatos largos.
Un abrigo es un elemento con muchas posibilidades narrativas. Su ausencia o presencia, como en este caso, puede suponer la vida. Con el trasfondo histórico de la entrada de los alemanes en París, Alfred Polgar compone un friso de variopintos personajes donde un abrigo que cambia de propietario actúa a modo de MacGuffin de la historia.

Ficha de audio:
Texto: Adaptación del relato de Alfred Polgar.

Narrador: Hugo Carrasco.
Dtor. Rabault/Ambroise: Jesús Rosas.
Bosselier/Amigo de Swetz/Agente: Javier Merchante.
Dtor. Monnier/Gestapo: Paco Vila.
Amelie: Ahimsa Sánchez.
Louise: Mª José Roquero.
Swetz: Juan José Ruíz.
Hermana Claire: Pepa Carrasco.

Músicas: Stravinsky (Sinfonía en tres movimientos), Danielle Arrieux (Las flores son palabras de amor), Piazzola (Romance diablo) y Alicia Sevilla (Believe).
Duración: 19:41.










viernes, 11 de mayo de 2018

Dodecafonía


Historias Mínimas.

El argentino Enrique Anderson Imbert (1.900-2.000) recrea en Dodecafonía el encuentro de Heracles con la Hidra de Lerna de doce cabezas en su segundo trabajo. El mito revisitado.

Ficha de audio:
Texto: Enrique Anderson Imbert.
Narrador: Javier Merchante.
Hidra: Pepa Carrasco.
Heracles: Hugo Sánchez.
Músicas: Cheicon y Arnaud Condé.


Hidra: ¡Qué tiempos aquellos!
Narrador: Dijo la Hidra a su simpático visitante. 
Hidra: No pasaba mes sin que viniera algún héroe a matarme. Llegaba muy ufano a esta orilla, se inclinaba sobre las aguas, me desafiaba a gritos, yo emergía lentamente, para dar más dignidad al espectáculo y él, remolineando su espada me cercenaba cabezas. Caía una e instantáneamente, antes de que se derramase una gota de sangre, nacía otra. Yo me dejaba codiciar por esa vehemente espada: para ponerlas a su alcance estiraba hacia el héroe, silbando y bailando, mis doce cabezas, siempre doce por muchas que él cortara. Al fin el héroe, exhausto, ya no tenía fuerzas para levantar el brazo. Yo lo libraba entonces de la humillación de volver vencido a su tierra. Y así, mes tras mes, me divertía con esos inofensivos decapitadores. Ahora no vienen más: mi fama de inmortal los ha descorazonado. Lo siento. Aquellos juegos entre espadas y cabezas eran una fiesta. Yo esperaba, más o menos tensa, el mandoble, que a veces se demoraba o se precipitaba; y enseguida sentía que la nueva cabeza que me brotaba era como un súbito cambio en mi vida, o que esa continuaba la expresión de la anterior, o que la repetía exactamente. Gracias a esta expectativa mía en que el retoño de cada cabeza era inevitable y, sin embargo, sorprendente, yo me gozaba a mí misma como si fuera música. Tiempo. Puro tiempo. Ahora me aburro; y éstas doce que ves ya no son como notas de una melodía, sino como bostezos en el vacío.
Heracles: Has hablado de tu expectativa de cambio, de continuidad y de repetición. Verás que te faltaba aprender a esperar lo mejor de tu melodía, que es la conclusión. ¿Quieres jugar una vez más? 
Narrador: Dijo el visitante.Y poniéndose en pie, Heracles blandió su espada.







miércoles, 9 de mayo de 2018

Una historia política


Historias Mínimas.
Miguel Bravo Vadillo nace en Badajoz en 1971. Es colaborador habitual de la revista cinematográfica Versión Original. En los últimos años ha publicado poemas y cuentos en la colección El vuelo de la palabra, editada por el ayuntamiento de Badajoz. En 2013 Ediciones Vitruvio ha publicado su poemario Destellos.
(Fuente de la información y el texto: Narrativa Breve).

Ficha de audio:
Texto: Miguel Bravo Vadillo.
Narrador: Pilar Valdés.

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Una historia política.
(Miguel Bravo Vadillo)
Hubo una vez, no hace mucho tiempo, en un país no muy lejano, un sultán venerable que solía decir que su gobierno funcionaba a las mil y una maravillas y un venerable visir (que aspiraba a gobernar y ocupar así el puesto que por entonces ocupaba el sultán) que argüía que las cosas de la nación no podían ir peor pero que él tenía la solución para que todo mejorase. Tanto insistió el visir en su propaganda que, un día entre los días, el califa de aquellos reinos lo nombró sultán y al antiguo sultán lo nombró visir.
No tardó mucho el nuevo sultán en ufanarse del gran cambio que había dado el país bajo su mando. Ahora, decía, las cosas de la nación iban realmente bien. Pero el antiguo sultán, y entonces visir, comenzó a propagar la opinión de que las cosas marchaban hoy mucho peor que antes y pedía al califa que le honrara con la devolución de su anterior cargo. Tanto insistió que, un día entre los días, el califa lo restituyó en su antiguo puesto. Y la misma historia se repitió una y otra vez entre el sultán y el visir y, más tarde, entre sus descendientes.
Cosas así, por fortuna, sólo pasan en los países no democráticos, donde el pueblo no es soberano y, por tanto, ni pincha ni corta en cuestiones de Estado.